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SANTIAGO DE COMPOSTELA / Ateneo Barroco: Diego Ares habita las ‘Variaciones Goldberg’, personalizando cada una de sus estancias

Santiago de Compostela. Teatro Principal. 8-X-2024. Diego Ares, clave. Johann Sebastian Bach: Goldberg-Variationen.

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A lo largo de las únicamente seis (pero muy bien aprovechadas) ediciones que hasta ahora cuenta el Festival Ateneo Barroco de Santiago de Compostela, su director artístico, José Víctor Carou, ha ido cubriendo un considerable espectro de épocas, géneros y estilos interpretativos para que los ciudadanos de la capital gallega puedan seguir disfrutando de una tradición de festivales dedicados a la música antigua y barroca que tiene entre sus más importantes precedentes a citas como el Festival de Músicas Contemplativas o a un soberbio Via Stellae que el propio Carou dirigió en su día, cuando los presupuestos para la presencia de la gran cultura europea aún eran dignos en Galicia, pues la desatención actual de la música culta por parte del gobierno autonómico es sangrante, con la total desaparición de los grandes festivales de música clásica y la inexistencia de una orquesta internacional importante sobre los escenarios gallegos desde hace lustros.

Para paliar tales carencias (que dejan a Galicia en muy mal lugar en comparación con otras comunidades autónomas —sin ir más lejos, con respecto a la propia Asturias—), José Víctor Carou se centra en un formato más económico, el camerístico, en el que hemos podido disfrutar a lo largo de las cinco anteriores ediciones del Ateneo Barroco de momentos realmente formidables, en los que la concentración de la calidad musical fue tal, que se llegaron a olvidar temporalmente las ausencias de la gran forma operística u orquestal, cuando escuchamos destilados de pureza como los ofrecidos en 2023 por Kenneth Weiss en Die Kunst der Fuge BWV 1080 (c. 1740-50).

Un año después, José Víctor Carou ha querido saldar lo que él mismo calificó, en su presentación de este cuarto concierto del Ateneo Barroco en 2024, como dos deudas que el festival compostelano tenía pendientes: la primera, con el clavecinista gallego que más proyección internacional ha alcanzado, el vigués Diego Ares; la segunda, con una de las obras mayores en la historia de su instrumento, ese Clavier Ubung bestehend in einer ARIA mit verschiedenen Verænderungen vors Clavicimbal mit 2 Manualen que normalmente conocemos como Goldberg-Variationen BWV 988 (1741).

Así que, como hace un año, con Johann Sebastian Bach nos hemos vuelto a encontrar en el Ateneo Barroco y, de nuevo, con el soberbio clave Andreas Kilström construido a partir de un modelo de Thomas Hitchcock (fechado en la tercera década del siglo XVIII), instrumento que es propiedad del clavecinista Fernando López Pan y de cuyas virtudes ya les hemos dado cuenta en Scherzo a raíz no sólo del antes citado concierto de Kenneth Weiss, sino de los ofrecidos por Pierre Hantaï en Lugo y La Coruña con el mismo instrumento.

En manos de Diego Ares, este Andreas Kilström se convierte en uno de los protagonistas de su recital, por cuanto posibilita al músico gallego alcanzar una gama de timbres y colores que diría, incluso, superior a las de su estupendo registro de las Variaciones Goldberg para el sello Harmonia Mundi, grabado por Diego Ares en marzo 2017 en el Lisztzentrum de Raiding (Austria); entonces, con un clave del año 2002 construido por Joel Katzman a partir de un original de Pascal Taskin fechado en 1769 (algo más tardío, por tanto, que el Thomas Hitchcock en el que se basó Andreas Kilström).

Siete años han pasado desde entonces, y diría que, en el caso de Diego Ares, para bien, pues si muy notable era lo escuchado en su disco, aún mejor y más maduro me ha parecido lo que disfrutamos en el Ateneo Barroco el pasado 8 de octubre: fruto de esa total filiación de Diego Ares con unas Goldberg que define como su patria musical, así como un abrazo: el que le tienden las arias de apertura y cierre, que concibe como una invitación para ir hacia delante, a explorar las inagotables posibilidades de una partitura genial en la que Ares convierte cada variación en una habitación de esa gran casa que para él es la obra de Bach.

Como en su grabación para Harmonia Mundi, en el Ateneo Barroco Diego Ares ha vuelto a establecer como preludio el Adagio en Sol mayor BWV 968, arreglo a partir de tal movimiento en la Sonata para violín nº 3 en Do mayor BWV 1005 que confiere una suerte de marco y centro de gravedad desde el que Ares se lanza al Aria inicial de las Goldberg; una costumbre no del todo inusual al abordar esta partitura, pues recordemos que el espléndido registro en vivo grabado en 1993 por Robert Hill para el sello Music & Arts emplaza, antes de las Variaciones Goldberg, una improvisación sobre el bajo de las propias Goldberg.

Tras dicho preludio, Diego Ares se adentra en una lectura marcada por la constante exploración de nuevas posibilidades en cada variación, algo de lo que el Aria fundacional es ya un perfecto ejemplo, por su uso de los dos teclados para crear espacios en resonancia y planos de profundidad que redundan en su construcción del aparato más estructural y arquitectónico de las Variaciones Goldberg, una partitura en la que Ares destaca ahora de un modo especial la delicadeza y una impronta que diría francesa, con ecos del clave de François Couperin que la hacen ganar en elegancia, colorido en el fraseo y ligereza a la hora de entonar las melodías bachianas, aunque ello redunde en un peso menor de su sonido y en un estilo menos acerado y germánico que el que podamos escuchar, por poner un ejemplo de grabación reciente, a clavecinistas como Andreas Staier (Harmonia Mundi, 2009).

Prima en Diego Ares, por tanto, un refinamiento extremo, así como, en esta ocasión, un juego con el tempo más libre y poético, a la par que menos monolítico que en su lectura para Harmonia Mundi; en general, más pausada, algo que se observa a simple vista comprobando la duración total de su versión en el Ateneo Barroco, que alcanzó los 78 minutos, mientras que su registro discográfico alcanzaba los 86. Ello no quiere decir que todos los movimientos de estas Goldberg hayan sido más rápidos, encontrándonos números de una pausa y un encanto realmente evocadores, como la trigésima variación o el Aria da capo: dos perfectas muestras de que Ares pocas ganas tenía de abandonar una partitura en la que tan a gusto se siente.

Pero, más allá de la flexibilidad en el tempo, lo que considero más interesante en la lectura ofrecida por Diego Ares en Santiago de Compostela es su (o así me lo ha parecido) superior ejercicio en cuanto a timbre, textura y color, cuestión para la que ha estado constantemente cambiando el registro de un clave, el Andreas Kilström de Fernando López Pan, que es un instrumento muy apreciado por algunos de los mejores clavecinistas del mundo, varios de los cuales han pedido muy específicamente este instrumento para realizar sus grabaciones. Su gama de colores, su amplitud de registros y la versatilidad al combinar diferentes timbres en función de cada teclado, deparó el que escuchásemos variaciones con una calidad netamente organística, lo que infunde a estas Goldberg de Diego Ares, paralelamente, un aliento orquestal, por la proliferación de sonoridades, siempre con un sentido poético que prima sobre cualquier exploración gratuita, pues, de nuevo, estamos ante un fraseo y un color muy floridos, pero, a la par, seriamente contenidos en Ares por una austeridad que rehúye cualquier efectismo.

Así, las variaciones en las que evocó un glockenspiel suenan deliciosas; especialmente, la novena, con su comienzo de ecos navideños, mientras que otras las ha convertido, prácticamente, en arias de coloratura, deviniendo los cánones auténticos laberintos cuyo desarrollo expande con una clarividencia inapelable, llegando a extremos en los que la armonía se llega a saturar de tal modo, que se pareciera avanzar un siglo y medio, hasta los dominios de un estudioso de Johann Sebastian Bach tan aplicado como lo fue Arnold Schoenberg.

Son las libertades que se puede tomar un intérprete de la categoría de Diego Ares, desde el conocimiento en profundidad que aquilata de una partitura que lo ha acompañado toda su vida y de la que se ha convertido en uno de los clavecinistas fundamentales de nuestro tiempo para conocer nuevos perfiles en un clásico de esta importancia, así que la respuesta del público compostelano, tan rotunda, refrendó una nueva noche de excelencia en el Ateneo Barroco.

 

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